Por su situación geográfica fronteriza con Francia, el pueblo de Tor siempre formó parte de la ruta de los contrabandistas. Pero el paso no era gratuito: Sansa y Palanca —a través de sus respectivos encargados— cobraban peaje. Las bandas organizadas que pasaban tabaco se avenían y pagaban. Lo veían como un tributo consustancial al negocio. El problema surge con los contrabandistas que van por libre y no quieren pagar.