Todo empezó una noche de Navidad de 1973. Un coche entró en una tranquila urbanización de Dunmurry (Irlanda del Norte). Dos hombres se dirigieron a una casa y llamaron al timbre. Era la casa de Thomas Niedermayer, el director de la fábrica Grundig. Su hija, llamada Renate, abrió la puerta. A Thomas, que dormía, se lo llevaron a la fuerza y lo metieron en un coche. Nadie volvió a verle con vida.