Las fuerzas geológicas que actúan en las Galápagos son complejas e impredecibles, al igual que las numerosas corrientes que se unen allí. Entre las trece islas y más de un centenar de islotes rocosos, ningún lugar perdona menos que la isla de Fernandina, coronada por los volcanes más activos de la zona. En este lugar, las hembras de iguana deben escalar mil metros hasta la cima para encontrar arena suave y caliente en donde poner sus huevos.
Las siempre cambiantes islas con erupciones frecuentes, hacen difícil encontrar un lugar firme. Los manglares, sin embargo, suplen con su inventiva este problema. Sus semillas tolerantes a la sal se asentaron sobre terrenos de lava para crear densos laberintos de vegetación que resultan cruciales para los criaderos de peces, ofreciendo la preciada sombra del sol ecuatorial. Durante el día, incluso en la orilla más expuesta, las focas encuentran abrigo en grutas formadas por el flujo de la lava volcánica. La isla más remota, Roca Redonda, posee algo más de 300 metros de altura. Esta isla sigue siendo una importante plataforma para los nidos de los pájaros acuáticos y al igual que todas las demás, las exploraciones submarinas revelan que es tan sólo la cumbre de un gran volcán sumergido.