Cuando Ludovico le pide a Leonardo que cree una escultura en honor de su padre (una estatua ecuestre), estimula aún más su ambición y el artista se compromete a superar las expectativas puestas sobre él. Mientras trabaja en la obra pone su confianza en una persona en la que nadie la pondría: Salaì, un joven ladrón lleno de recursos.